18 may. 2011

Marcha por la paz



Marcha por la paz
En silencio porque el dolor es indecible

Soldadera
Para mis amados


Domingo 8 de mayo de 2011. El poeta Javier Sicilia convocó, no a los a las ONG’s, ni a los grupos opositores, ni fracciones políticas, no, el poeta convocó a seres humanos, personas que viven y padecen la violencia de este país, llamó a una marcha a los que ya de por sí andan sobre suelo mexicano con el dolor de sus muertos, de sus desaparecidos, de sus amenazados, pero también llamó a todos los que desean y creen en la paz. Ahí estábamos.
El sol quemante de esta tierra también salió a la marcha; seco y equitativo caminó sobre nuestras cabezas. Llegué a las dos de la tarde al Palacio de Bellas Artes. El agua de la fuente, pintada de rojo. El lugar ya estaba lleno de toda clase de protestas y demandas y quejas y sugerencias y buenos deseos y frases famosas de distintos personajes, sobre papel, mantas, gorras, playeras, sombrillas, globos, bicicletas, autos, lonas, mejillas, piernas y espaldas desnudas. Sobró sol y sobró ingenio. Abundaban personas con el emblema de “No más sangre“, gente en zancos, disfrazada de personajes de la política, otros simulando huellas de tiros sobre sus ropas, sangrantes, heridos… tal como nos sentimos.



El mural de los moneros exhibía un campo de calaveras, cabezas decapitadas, embolsados. A un costado buitres acechantes, cuerpos colgados y un colorido letrero salpicado de sangre con el logotipo y leyenda de “Mejor vivir”, en alusión al tan fallido lema de “Vivir mejor” del gobierno de Felipe Calderón quien estaba pintado con un uniforme otán verde cuya talla nunca llenará, pequeño y cada vez más pequeño, de pie sobre un montículo de cráneos abrazando fraternalmente a un sicario.
Recorrí la explanada y encontré una carpa donde solicitaban firmas para procesar a Felipe Calderón Hinojosa ante una corte internacional como criminal de guerra, dejé la mía. Se oía gritar en un altavoz a una mujer la cifra de niños huérfanos de esta guerra. Tristísimo.
Después de firmar caminé rumbo al sur para dar encuentro al contingente de Javier Sicilia. En el camino un enjambre de gente iba y venía. De todas edades, diferentes ideologías y estratos sociales, familias completas, grupos de ciclistas, diferentes asociaciones civiles, maestros, estudiantes, reporteros, fotógrafos y ―lo increíble― monjas y gente de la comunidad gay se dejaban ver casi juntos con su lema de “No más sangre” en la frente.
Luego de esperar unas dos horas llegó la columna que había salido de Cuernavaca acompañando al poeta. Sicilia, quien venía al frente, con chaleco de reportero, pantalones de mezclilla y sombrero. La gente les aplaudía al paso. El contingente les rogaba a los solidarios que caminaran por la banqueta para dejarlos pasar. Nadie hacía caso.



En el Zócalo se colocó un templete y un poderoso equipo de sonido que rompió el silencio de la marcha y lanzó al aire las denuncias de los manifestantes. Hombres y mujeres gritaron nombres y apellidos de sus familiares desaparecidos, asesinados, acribillados y sí, también gritaron letra por letra y a gran voz los nombres de sus verdugos.
Yo alcancé a escuchar sólo unas cuantas, fueron aproximadamente 70 denuncias sin contar los muchos que estaban con sus mantas exhibiendo las fotografías de familiares a quienes buscaban u otras, muchas, en las que se leía “¡Mataron a mi hijo y la policía no hace nada! ¡Justicia!”
Una madre cuya hija de 13 años, invidente y con discapacidad mental había sido violada. ―No me dejen sola― decía.
La hermana de un militar desaparecido que exigió que el ejército se lo devuelva vivo. El militar se enteró de que algunos generales (dijo sus nombres) estaban vinculados con el narcotráfico. Lo desparecieron y la familia está amenazada.
Un padre cuya hija estudiante de la universidad está desaparecida.
Una madre cuya hija fue asesinada. Está amenazada de muerte y ha sufrido atentados por atreverse a denunciar.
Un migrante salvadoreño habló de las vejaciones que sufren en el camino. Repetía con insistencia que no son delincuentes, que sólo buscan un trabajo mejor para mantener a sus familias. Con su acento del sur y su castellano defectuoso, quizá indígena, dijo que a cinco compañeros los habían asesinado en el camino, que delincuentes y elementos de migración los roban y golpean por igual.
Historias conocidas…
Miles de personas concentradas en el Zócalo, unidas por el dolor, por el hartazgo, por el atropello, por la incertidumbre, por las lágrimas, pero también por la sed de justicia y la decisión de obtenerla. Todos esperaban oír a Sicilia. Dicen los periódicos que eran ochenta decenas de miles aproximadamente. Soltaron 40 000 globos blancos en memoria de los muertos que van y vergonzosamente se siguen contando en aumento.


El poeta habló:

• Verdad y justicia para todos los asesinados en la guerra contra el crimen organizado.
• Fin a la estrategia militar para dar un enfoque de seguridad ciudadana.
• Combatir la corrupción y la impunidad.
• Combatir la raíz económica y las ganancias del crimen.
• Establecimiento de la democracia participativa y la democratización de los medios de comunicación.

La concentración dio fin. Todos regresamos a nuestro hogar después de habernos visto y reconocido en el otro, en el prójimo, es decir, el próximo, en su esperanza, en su decisión de ir, solidarizarse y hacer patente de esta forma innegable, imposible de soslayar, quiénes, cuántos somos y qué exigimos. El sol también se fue yendo poco a poco al paso de la gente.

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