2 oct. 2009

Isabel

Jorge S. Luquín

Conocí a Isabel una tarde que no tenía nada que hacer. Trataba de escapar del aburrimiento y entré a la sección de literatura en la biblioteca central. Tomé un libro forrado de piel verde sin fijarme en el título, el color verde me gusta en particular y quise sentir ese color entre mis dedos. Lo abrí y me encontré con unos poemas. Poemas que habían hecho llorar a una tal Isabel, lo supe porque había hecho un sinnúmero de anotaciones, tachaduras y reflexiones; además de haber dejado una dirección con su nombre en la primera página.
Que la habían hecho llorar esos poemas, lo deduje por la textura de las hojas del libro. Se veía claramente que había estado expuesto a la humedad. Pudiera haber sido que el libro simplemente se mojara por accidente, pero más tarde comprobé que las huellas de humedad eran lágrimas de Isabel.

En sus apuntes y reflexiones se percibía su sensibilidad; me gustó. En los versos elegidos por ella, dejaba ver su alma desnuda, sin pudor. Un alma imaginativa y ansiosa; a veces voraz, a veces torpe.
Tal vez por eso, por mostrarse sin miedo, abierta, es que me atreví a transcribir la dirección escrita de su puño y letra.
Le escribí. Me temblaba la mano sólo de pensar que ella se encontraba a sólo tres horas de distancia. ¿Cómo sería ella? Con la suerte que tengo, seguro será una vieja pinche de vientre abultado y piernas zambas.

Le dije en el correo que la admiraba aún sin conocerla, que nunca había tenido la oportunidad de leer las reflexiones tan sinceras de una mujer. Le dije que me disculpara por haber penetrado en su intimidad, pero que ese libro era ahora público junto con su dirección y sus reflexiones.
Estaba enamorado de ella, pero esto no se lo dije. Envié el correo.

En los días siguientes me arrepentí. Releí sus notas en el libro y ahora me parecían cursis. Sí, Isabel era torpe.
Llegó la respuesta de Isabel y me asustó. Llegué a creer que nadie respondería y eso me confortaba; después de todo, mi carta también era cursi.
Abrí el correo. Me sentía nervioso, descubrí que había estado esperando la respuesta. Estaba más que excitado, sentía mi corazón latir en todo el cuerpo. Lo leí:

―¿Qué poema es el que más te gusta?

¡Era todo! No me preguntó nada. ¿Cómo conseguiste mi correo? ¿Cómo te atreves a invadirme? ¿Quién eres? Nada. Sólo esa pregunta, que además era amistosa.

Yo no había leído los poemas. Tomé el libro y leí el poema en el que más notas había escrito Isabel. Le escribí los versos.
La tarde es a mi amor una frágil tortura
de increíble belleza, un ave agonizante
que en mis manos es como la mano de la novia
temblando de piedad y de tibios recuerdos.

―Es el que más me gusta. ―Le decía.
A punto estaba de enviar el correo cuando me arrepentí. Qué estupidez, pensé. Ella sabría que era un embuste. Era obvio que yo sabía cuál le gustaba más a ella. Además ese verso era nefasto. ¡En mis manos es como la mano de la novia! Borré el correo y le escribí diciendo que no había leído todos los versos, pero que el que en particular me gustó fue uno al que ella no le dedicó ni una sola línea. A mí me gustaron éstos, Isabel.
A pausas de veneno, la desdichada flor de la miseria
me penetró en el alma, dulcemente,
con esa lenta furia de quien sabe lo que hace.
Le envié el correo. Me respondería y yo le explicaría por qué esos eran mejores versos y entonces ella me pediría que nos viéramos para conocernos, o no me volvería a escribir y así me desharía de una persona que no sabe apreciar la poesía.
No contestó.
¡Qué engreimiento el mío! En verdad era un tarado. ¿Cómo pensé que bufoneando y humillándola me pediría que nos conociéramos?
Esa noche soñé con ella o por lo menos vi la imagen que tenía de ella. Me veía con desprecio, con aire de superioridad y pasaba de largo con una mueca de burla.

Recibí su contestación. Se disculpaba diciendo que había tenido que salir por unos días.

―Son hermosos los versos que te gustan. No apunté nada en ellos porque mi corazón no estaba violentado, sólo soñaba y remembraba.

Qué dulce era Isabel y qué miedoso e inseguro era yo. Ahí estaba ella, sin complicaciones, fresca, franca, abierta y yo siempre con mis miedos imaginando lo peor.
Con sus palabras amables, me infundió renovada confianza y le escribí invitándola a que me confiara sus lecturas preferidas.

Entre nombres de autores y libros, le preguntaba con frecuencia cómo era físicamente pero nunca respondía. En cada oportunidad le pedía que nos conociéramos y siempre encontraba alguna excusa. Llegué a pensar que verdaderamente era horrible y se ocultaba de mí, pero a cada negativa, yo me sentía más seguro. ¿Qué haría si me dijera que sí? Si era una mujer hermosa, me sentiría avergonzado de estar con ella.
Nunca volvió a ausentarse en nuestra comunicación epistolar. Yo siempre me sentí irritado por no poder verla y sólo tener que imaginarla. La curiosidad me embargaba. Pero también tenía miedo de ella, pensaba que si la veía, no sabría qué decirle, cómo tratarla. Nunca lo había hecho, nunca antes había estado con una mujer. Pero Isabel era diferente, con ella podría intentarlo porque nunca me había rechazado.
Una mañana recibí su última carta. Me invitaba a conocernos en persona. Era evidente que no esperaba una negativa de mi parte, en el correo ponía todas las condiciones. Llevaría una flor artificial en la solapa para que la reconociera, llegaría a la estación a las tres de la tarde en diez días y yo la esperaría de bajo del reloj central.

Una mujer de cabello largo, negro, ondulado, de tez blanquísima y caminar magnético de aproximadamente veinticinco años, bajó del autobús. Lucía un vestido verde satinado que dejaba ver sus hermosas curvas y en los tirantes del vestido se asomaba apenas una delicada flor naranja a manera de prendedor. Es cierto que no llevaba ninguna prenda con solapa ni la flor era grande, como había dicho Isabel, pero yo estaba seguro que era ella, el nombre de Isabel manaba de toda su presencia, además yo le había dicho que el verde era mi color favorito, se lo dije cuando le expliqué que ese había sido el motivo de escoger, entre muchos, el libro en la biblioteca.

Pasó de largo sin ni siquiera mirarme. Isabel apareció casi detrás de la muchacha de verde con una flor enorme en la solapa. ¡Era horrible! Vieja y mal vestida, con mirada de perro manso. No, no podía ser Isabel. Los sentimientos sublimes que yo conocía, no podían provenir de ese remedo de mujer. Volteé a ver a mi Isabel que se alejaba rápidamente en su traje verde y me sentí traicionado. Di media vuelta y me alejé.

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