5 oct. 2009

Vicenta

VICENTA

La Soldadera.

Para El Hermoso

La noche no había sido suficiente para reposar el trajín del día. Estaba cansada. Se sentó a la orilla de la cama haciendo a un lado las cobijas. Estiró los dedos los pies, los tensó, los aflojó, se puso las sandalias, luego se persignó diciendo entre dientes —en el nombre sea de Dios— y se levantó. Su cuerpo engarrotado apenas se movía, la piel se le pegaba a los huesecillos que parecían romperse de tan delgada, la espalda encorvada le pesaba, le pesaba todo su liviano cuerpo como pesan los años. Miró sobre su mesa, no había nada para pasar el día.

Era un lunes, así que tuvo la misma ocurrencia de la semana anterior. Mientras se lavaba la cara intentaba reconocerse en el espejito, pero le costaba trabajo. Se hizo dos largas trenzas en el pelo, se puso su vestido de flores y encima su delantal, el mismo de todos los días. Eran las siete de la mañana. Muy buena hora todavía para salir, pensó. Caminó directamente al parque cubriéndose con una gran bolsa de plástico abierta en dos que hacía las veces de impermeable, porque llovía un poco.
En cuanto llegó avanzó por el adoquín hasta la resbaladilla. Con la mirada agachada empezó su minuciosa búsqueda entre el pasto, por el pie de la escalera y a lo largo de la rampa. Le costaba mucho trabajo hincarse así que se ayudaba con el palo de escoba y con los pies abriendo claros entre la hierba. Nada. Dio la vuelta entera a la resbaladilla sin éxito. Caminó a los columpios continuando la búsqueda, pero ahora más cuidadosamente.
—Por fin —se dijo.

Había encontrado una moneda de cinco pesos, la cual se apresuró a guardar en la bolsa de su delantal. Entre cuatro columpios de canastilla y cinco de madera, recogió diez. Después se fue a buscar alrededor de la telaraña y también tuvo mucha suerte. Así recorrió el parque completo con la misma estrategia y juntó la cuantiosa fortuna de veintidós pesos con setenta centavos. Eran todas las monedas que caían de las bolsas de los niños mientras jugaban a dar maromas.

Satisfecha de tanta suerte y casi alegre quiso ir a sentarse en la banca oculta tras del árbol. Cuando llegó se dio cuenta de que había una hielera al pie de ésta.
—Será de alguien —pensó. Estuvo un rato sentada pero no había gente que pasara por ahí, por lo menos nadie que pareciera el propietario de la caja.
—Pos ‘ora… ¿Será la caja del tortillero? —Se preguntó. La tocó.
—Caliente no está, tons no son tortillas. Ha de estar aquí desde ayer —pensaba.
Se quedó sentada mirando al piso, empezaba a sentirse indecisa, inquieta, curiosa. Sacó de su bolsa del delantal la fortuna recién colectada y se entretuvo contándola varias veces. Jugaba con las monedas, las agitaba entre su puño cerrado sintiéndose cada vez más intrigada y atraída por la hielera. Finalmente la levantó, la puso sobre la banca de cemento y asegurándose de que nadie la estuviera mirando, la abrió. Los ojos por poco se salen de sus cuencas al ver el contenido.
— ¡Ave María Purísima! ¡Jesús sacramentado, socórreme!—Gritó mientras en un impulso inconsciente daba un paso atrás alejándose de la caja y aventando la tapa por el aire.
En pocos segundos se recuperó de la impresión y volvió a cobrar consciencia. Recogió la tapa y cubrió la caja sin evitar volver a mirar dentro.
— ¡Sí, es una cabeza, una cabeza!… —dijo para sus adentros.
Levantó la caja por la asa.
—Pos… no pesa tanto, ay diosito y yo que me iba’cer unos huevos revueltos, yo que pensé que ya tenía tortillas para toda la semana. ¿Pos cómo te metiste ái?, tan solo que está aquí, ¿y a estas horas?
Vicenta se sentó de nuevo junto a la hielera y la contempló un largo rato con su manita metida en la bolsa del delantal, sonando sus monedas y balbuceando palabras, rascándose la cabeza, quitándose y poniéndose las sandalias y riéndose de vez en cuando como una niña planeando diabluras.
Luego de un largo rato de vacilación se levantó y se colgó al hombro la hielera con todo el aplomo de una feliz decisión. Caminó rumbo a la tienda donde compró medio kilo de huevo y le regalaron tortillas, una lata de chiles y dos tamales. Todo lo metió en la caja de unicel. Los niños de las últimas casitas a la orilla del pueblo corrieron entre risotadas, como de costumbre, cuando la vieron venir a lo lejos.
— ¡Ahí viene la loca! ¡Ahí viene Vicenta! ¡La loca, la loca! ¡Chíflenle a la chiflada!— Gritaban y silbaban en coro.
Vicenta pasó esta vez de largo. Indiferente. Sin decirles nada. Caminaba lo más aprisa que podía hasta que llegó a su cuartito. Cuatro horcones rodeados de hule y una viga en el centro que apuntalaba un techo de cartón al pie de la barranca.
Pronto entraron a la casita, ella, su despensa y su hallazgo. Colocó su cargamento sobre la mesa. Abrió la tapa, sacó los comestibles y los puso en un cesto. Luego miró la cabeza despeinada, la piel blanca y pálida, las gotas carmín como esquirlas dispersas a discreción sobre labios y mejillas. Vicenta, con el ceño fruncido y una mueca de leve náusea le picó un ojo para ver si lo cerraba, al ver que no pasaba nada se animó a tocarla y la encontró aún tibia. Ella apretaba sus labios entre las encías sin dientes mientras revisaba la dentadura perfecta y blanquísima de su botín. La comparación le provocó tanta extrañeza y le pareció tan divertida que las carcajadas se le hicieron incontenibles. Encontró un papel con algo escrito metido en el paladar, pero lo aventó sin fijarse a donde porque no sabía leer. La sangre que no había terminado de escurrir hizo un atractivo charco espeso, brillante, casi gelatinoso en el fondo de la hielera. Metió los dedos y frotó la viscosidad entre sus yemas para luego llevárselas a la boca y probarla sin gesto alguno. Miró los pellejos del cuello, la carne colgante, como deshilachada, como aserrada. Por fin se decidió a meter las dos manos sin tiento alguno, la levantó por las orejas a la altura de sus ojos y se vieron de frente.
Encontró en esas pupilas lo único que ella reconocía en su espejito: una mirada. ¿Era igual a la suya? ¿Era la suya? No supo qué responderse. Un espanto terrible la invadió. Hacía mucho que nadie la veía tan fijamente a los ojos, tanto que volviera de su ausencia. Tomó la cabeza por los cabellos y la sacudió con fuerza para luego soltarla como si le hubiera quemado entre las manos. Cayó haciendo un ruido seco y rodó sin levantar polvo.
— ¡Cállate, cállate! ¡Shhhhh! ¡Yo ni te conozco! ¡Shhhhh! Te van a oír. ¡Que te calles o te saco! ¡Me va van a ver a mí también! —decía Vicenta.
Caminó a su cama y se acostó envuelta entre su cobija igual que los tamales que le regalaron.
— ¡Ya no me hables, a mí que me importa!, shhhh, ¡cállate ya!
El desasosiego la levantó. Daba vueltas horrorizada. Se jalaba los cabellos, gritaba, se arañaba, se envolvía la falda del vestido y entre sus piernas la apretaba, la adhería a su cuerpo con las manos y con toda su fuerza.
— ¡Déjenme, ya déjenme ir! ¡Por diosito! —gritaba desbaratada entre el llanto.
Vomitó su horror amarillento y se soltó a llorarlo acostada sobre la tierra. Aquella voz no se calló hasta que ella terminó de sollozar.
Se puso nuevamente en pie y dijo con la misma resignación de en la mañana — ¡En el nombre sea de Dios!
Levantó el despojo humano con todo cuidado, lo puso sobre la mesa y no se equilibraba. Los pellejos colgantes y los huesos que le quedaban hacían que se fuera de lado, así que Vicenta tomó su cuchillo y le cortó con toda calma los bordes de la piel y las rebabas de los huesos hasta lograr que se equilibrara. Luego lo remojó en una cubeta con jabón, le enjuagó perfectamente bien la espuma y la sangre. Le lavó el cabello con shampoo. Lo escurrió. Lo secó con su delantal. Se sentó y acomodó a su acompañante sobre la mesa para y cepillarle el pelo tratando de no darle jalones. Tocaba una cabellera, tocaba la otra, las comparaba. Se reía. Le hizo meticulosamente una raya en medio y una larga trenza a cada lado. Después colocó la cabeza de frente a la mesa, ahora sí, sin que se fuera de lado. Le pareció bonita. Prendió la lumbre e hizo cuatro huevos revueltos, dos para cada quien. Sirvió los platos, abrió la lata de chiles y calentó las tortillas. Vicenta se sentó frente a ella y cuando terminó de comer le dijo --¡Pobrecita, te agarraron los hombres como a mí, siquiera que te quitaron pa’ que no vieras!

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